miércoles, 3 de octubre de 2012

¿ESTO VIENE A SER LA CULTURA?


Escribe Lucas Carrasco:

"Ayer leí una nota de José Natanson sobre La Cámpora (es muy valorable el esfuerzo de Natanson por pensar una narrativa actual). Pero, ja, me acuerdo. Una vez estábamos en un recital de poesía, en una casa, nosotros estábamos en el balcón. Era un desfile de freaks, pero yo también soy eso. Y me dice, Natanson: "¿Ésto viene a ser la cultura?" Me hizo reír la mezcla de ingenuidad y cinismo de la pregunta exacta y extraña en el momento exacto y el lugar también exacto. Desde entonces, cada nota que lea de él en el Limón Diplomático, o ahora, a veces, que a vuelto a Página 12, ya no lo leo como antes: no puedo dejar de reírme de esa pregunta exacta y extraña. Creo, además, que por ahí, junto a Martín Rodríguez, Lucas Llach, Tomás Aguerre, Federico Vázquez, Ezequiel Meller, Patucho Álvarez, Pablo Marchetti, Mariano Grimoldi, Alejandro Sethman, Esteban Schmidt, Hank Soriano, Aldo Jarma, Federico Scigliano, pasa lo mejor, intelectualmente hablando, de nuestra generación. Hay más, pero aprovecho para nombrar los que no son mis amigos, con algunos, me llevo, otros me detestan, y otros sí son amigos, pero no importa eso) donde decía que el uso de Balckberry también expresaba compulsión al trabajo. Y es cierto. Pero yo no lo había visto de ese modo. Tengo uno de esos teléfonos, habitualmente, ni lo uso. Qué se yo porqué, probablemente, porque no salgo casi de mi casa, de mi computadora, de los lugares que invento y escribo. Y ahora, además, esas cosas de vida más quieta, de barco encallado, ja, qué linda pero pretenciosa metáfora, pasa que en Rosario vi un barco cruzar el río Paraná, un barco de esos que atraviesan mares con exportaciones de granos y el barco estaba pintado vistoso, como un personaje de Manuel Puig en Boquitas Pintadas y ese no era un barco a la deriva, claro, ninguno, excepto que ocurra alguna desgracia, lo es, pero los barcos de mi infancia al borde del Paraná o los barcos de Pablo Neruda en los que viajé durante la adolescencia entre sus páginas, tenían las marcas, como un árbol viejo, del tiempo. Y esas marcas -una reunión de óxidos y parches- le daban la fuerza, como el empuje, al barco, para atravesar todos los remolinos del río. Es diferente criarse cerca de un mar, porque el agua así, supongo, es un enemigo violento y una atracción algo fugaz, de temporada, para exiliados de la urbe. Que educarse con respeto y miedo, pero también acompañado, del río. Que es imperfecto, marrón, improbable, pero al atardecer más quieto. Como los barcos durante un par de días. Y el perro no estaba y una vez se me había ocurrido, con el perro quieto, ahí, una metáfora sobre una cosa de la relación en la ciudad de los hombres con el resto de las cosas vivas, una vinculación que iba al asunto de la negación de la muerte. Y el perro ya no estaba y no la había anotado a la metáfora y me la olvidé, probablemente en otra esquina de la mente. Y volví a casa sin la metáfora. Ni la ropa limpia"