jueves, 21 de mayo de 2009

LUGO, CELIBATO, PAREDÓN Y DESPUÉS




Ya todos conocemos el caso del presidente de Paraguay Lugo y sus hijos no reconocidos. Y dos cosas deben destacarse:

1) Difícilmente pueda disculparse la hipocresía de quien abraza una religión como sacerdote y viola “sus principios”. Tampoco me gusta, y condeno, el tener hijos sin asumir al mismo tiempo la paternidad.

2) Dicho esto, la defensa de Lugo era casi cantada: “soy un ser humano que no pude cumplir con el celibato”. Es cierto también. El celibato obligatorio siempre me pareció anti-natural y por ello, hace varios años ya, me puse a investigar su historia y sus causas. ¡Vaya sorpresa me llevé entonces! ¡Y vaya sorpresa se llevan muchos católicos, y no católicos, a los que les comento mis conclusiones!

Hacía rato que tenía este post “en elaboración” y la actualidad política y mis obligaciones laborales lo fueron retrasando. Pero creo que vale la pena tratar el tema del celibato con material documental de primer nivel y poco conocido, sobre todo porque no vi estos días en ningún medio de comunicación “tradicional”, y tampoco en la blogósfera, un informe contundente y serio sobre el celibato.

En realidad, el que mejor investigó este tema, a mi modesto entender, fue el español Pepe Rodríguez, quien sostiene lo siguiente:

LA VERDADERA HISTORIA:

Resulta obvio que no hay la menor base evangélica para imponer el celibato obligatorio al clero. Las primeras normativas que afectan a la sexualidad —y subsidiariamente al matrimonio/celibato de los clérigos— se producen cuando la Iglesia, de la mano del emperador Constantino, empieza a organizarse como un poder sociopolítico terrenal. Cuantos más siglos iban pasando, y más se manipulaban los Evangelios originales, más fuerza fue cobrando la cuestión del celibato obligatorio, clave, como veremos, para dominar fácilmente a la masa clerical.

Hasta el Concilio de Nicea (325) no hubo decreto legal alguno en materia de celibato. En el canon 3 se estipuló que "el Concilio prohíbe, con toda la severidad, a los obispos, sacerdotes y diáconos, o sea a todos los miembros del clero, el tener consigo a una persona del otro sexo, a excepción de madre, hermana o tía, o bien de mujeres de las que no se pueda tener ninguna sospecha"; pero en este mismo concilio no se prohibió que los sacerdotes que ya estaban casados continuasen llevando una vida sexual normal.

Decretos similares se fueron sumando a lo largo de los siglos —sin lograr que una buena parte del clero dejase de tener concubinas— hasta llegar a la ola represora de los concilios lateranenses del siglo XII, destinados a estructurar y fortalecer definitivamente el poder temporal de la Iglesia. En el Concilio I de Letrán (1123), el Papa Calixto II condenó de nuevo la vida en pareja de los sacerdotes y avaló el primer decreto explícito obligando al celibato. Poco después, el Papa Inocencio II, en los canones 6 y 7 del Concilio II de Letrán (1139), incidía en la misma línea —lo mismo que su sucesor Alejandro III en el Concilio III de Letrán (1179)— y dejaba perfilada ya definitivamente la norma disciplinaria que daría lugar a la actual ley canónica del celibato obligatorio... que la mayoría de clérigos, en realidad, siguió sin cumplir.

Tan habitual era que los clérigos tuviesen concubinas, que los obispos acabaron por instaurar la llamada “renta de putas”, que era una cantidad de dinero que los sacerdotes le tenían que pagar a su obispo cada vez que trasgredían la ley del celibato. Y tan normal era tener amantes, que muchos obispos exigieron la renta de putas a todos los sacerdotes de su diócesis sin excepción; y a quienes defendían su pureza, se les obligaba a pagar también ya que el obispo afirmaba que era imposible el no mantener relaciones sexuales de algún tipo.

A este estado de cosas intentó poner coto el tumultuoso Concilio de Basilea (1431-1435), que decretó la pérdida de los ingresos eclesiásticos a quienes no abandonasen a sus concubinas después de haber recibido una advertencia previa y de haber sufrido una retirada momentánea de los beneficios.

Con la celebración del Concilio de Trento (1545-1563), el Papa Paulo III —protagonista de una vida disoluta, favorecedor del nepotismo dentro de su pontificado, y padre de varios hijos naturales— implantó definitivamente los edictos disciplinarios de Letrán y, además, prohibió explícitamente que la Iglesia pudiese ordenar a varones casados.

En fin, anécdotas al margen, de la época de los concilios de Letrán hasta hoy, nada sustancial ha cambiado acerca de una ley tan injusta y falta de fundamento evangélico —y por ello calificable de herética— como lo es la que decreta el celibato obligatorio para el clero.

El famoso Concilio de Trento (1545-1563), profundamente fundamentalista —y por eso tan querido para el Papa Wojtyla y sus ideólogos más significados, léase Ratzinger y el Opus Dei—, en su sección 23, refrendó definitivamente esta mistificación, y la llamada escuela francesa de espiritualidad sacerdotal, en el siglo XVII, acabó de crear el concepto de casta del clero actual: sujetos sacros en exclusividad y forzados a vivir segregados del mundo laico.

Este movimiento doctrinal, pretendiendo luchar contra los vicios del clero de su época, desarrolló un tipo de vida sacerdotal similar a la monacal (hábitos, horas canónicas, normas de vida estrictas, tonsura, segregación, etc.), e hizo que el celibato pasase a ser considerado como de derecho divino y, por tanto, obligatorio, dando la definitiva vuelta de tuerca al edicto del Concilio III de Letrán, que lo había considerado una simple medida disciplinaria (paso ya muy importante de por sí porque rompía con la tradición dominante en la Iglesia del primer milenio, que tenía al celibato como una opción puramente personal).

LAS CAUSAS:


En Mentiras Fundamentales de la Iglesia Católica Pepe Rodríguez se explaya sobre los motivos del celibato:


“Lo que sí ha logrado la Iglesia con la imposición de la ley del celibato obligatorio es un instrumento de control que le permite ejercer un poder abusivo y dictatorial sobre sus trabajadores, y una estrategia básicamente economicista para abaratar los costos de mantenimiento de su plantilla sacrolaboral y, también, para incrementar su patrimonio institucional; por lo que, evidentemente, la única «humanidad» que gana con este estado de cosas es la propia Iglesia católica.

El obligado carácter célibe del clero, le convierte en una gran masa de mano de obra barata y de alto rendimiento, y dotada de una movilidad geográfica y de una sumisión y dependencia jerárquica absolutas.

Un sacerdote célibe es mucho más barato de mantener que otro que pudiese formar una familia, ya que, en este último supuesto, la institución debería triplicar, al menos, el salario actual del cura célibe para que éste pudiese afrontar, junto a su mujer e hijos, una vida material digna y suficiente para cubrir todas las necesidades que son corrientes en un núcleo familiar. Así que cuando oímos a la jerarquía católica rechazar la posibilidad de matrimonio de los sacerdotes, lo que estamos oyendo, fundamentalmente, es la negativa a incrementar su presupuesto de gastos de personal.

Otra ventaja económica añadida que la ley del celibato le reporta a la Iglesia católica es que la frustración vital que llega a padecer el sacerdote, por sus carencias afectivo-sexuales y otras causas de índole emocional, se traduce en que una parte de ellos se ven espoleados a acumular riqueza como parte de un mecanismo psicológico compensatorio y, al ser obligatoriamente solteros, todos o la mayor parte de estos bienes pasan, por herencia, a engrosar el patrimonio de la Iglesia. Y otro tanto sucede con los bienes que heredan de sus familias.

Si los sacerdotes estuviesen casados, resulta obvio que la Iglesia católica no heredaría sus posesiones —incluyendo las apetitosas donaciones patrimoniales de beatas/os solitarios y ricos—, ya que sus bienes acabarían, lógicamente, en manos de su esposa e hijos. Por eso, y no por razones morales, desde el medioevo la Iglesia tomó la decisión de declarar como hijos ilegítimos a los hijos de los clérigos; de este modo se les impedía legalmente cualquier posibilidad de heredar el patrimonio del padre.

Lo que es, dice o hace la Iglesia católica, por tanto, nos incumbe en alguna medida a todos, ya que resulta imposible sustraerse a su influjo cultural tras casi dos milenios de predominio absoluto de su espíritu y sus dogmas en el proceso de conformación de mentes, costumbres, valores morales y hasta legislaciones.

Si nos paramos a pensar, nos daremos cuenta de que no sólo tenemos una estructura mental católica para ser creyentes sino que también la tenemos para ser ateos; para negar a Dios y la religión sólo podemos hacerlo desde aquella plataforma que nos lo hizo conocer; por eso un ateo de nuestro entorno cultural es, básicamente, un ateo católico.

Nuestro vocabulario cotidiano, así como nuestro refranero, supura catolicismo por todas partes. La forma de juzgar lo correcto y lo incorrecto parte inevitablemente de postulados católicos. Los mecanismos básicos de nuestra culpabilidad existencial son un dramático fruto de la formación católica (heredera, en este aspecto, de la dinámica psicológica judeo-cristiana).”


¿Vendrá por acá la renovación de la iglesia?



3 comentarios:

Francisco de Zavalía dijo...

La segunda de las explicaciones me parece un poco traída de los pelos. Desconfío siempre de aquellos que intentan dar rasgos humanos, buenos o malos, a una institución: "La Iglesia" explota a sus trabajadores ¿En beneficio de quién? Los Papas también son solteros.
Si te interesa te paso otro argumento que justifica el celibato: control organizacional. Lo saqué de un trabajo que se llama "Separation of ownership and control" de Michael Jensen y Eugene Fama, trabajo que tuve que estudiar para una materia del master. Traduzco:
"Por lo que sabemos la Iglesia Católica es la única organización sin fines de lucro que esta financiada por donaciones y que no es controlada por los donantes... La jerarquía controla los recursos.
Otros aspectos de los contratos de los sacerdotes católicos sustituyen esta falta de control por parte de los donantes... Por ejemplo, los votos de castidad y obediencia incorporados en los contratos de los clérigos, ayudan a evitar conflictos de interés entre la familia del sacerdote y los donantes. Además el entrenamiento del sacerdote es especifico para la organización... no puede ofrecer sus servicios sobre bases competitivas".
Los autores concluyen que, para el caso que el celibato sea derogado, la organización solo podrá sobrevivir si se instauran otros mecanismos de control.

Aldo Ulises Jarma dijo...

Gracias Francisco, muy interesante el aporte.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

En España ya es un clásico de la sabiduría popular la figura de "la sobrina" como compañía de algunos curas.
Para añadir algo a lo de F. de Zavalía, recordar que no sólo se mantiene con donaciones sino también con aportaciones estatales, negocios varios como colegios privados y negocios financieros-inmobiliarios puros y duros (recordar Banco Ambrosiano, Logia P-2,etc....).