martes, 22 de octubre de 2019

LUCAS


"Pobre Lucas, pasó como un rayo, envuelto en llamas, acorralado entre vicios y virtudes, derrotado, haciendo realidad aquella máxima que reza "vive rápido y muere joven".



Y Lucas, que siempre supo que moriría jóven, también lo explicó bien:

"Hay un libro, en 5 años donde me mencionan en varios libros (porque fui el novia de tal, el asesino de cual, el borracho de la tele, el perdedor en mi ciudad, el escritor que se desperdicia en la política, el militante a sueldo, el mercenario, el poca cosa) pero en ninguno pasa lo que acá. En el libro de Aldo. Con su mirada provinciana, culta pero periférica, más calmada, sin oropeles, sin falsas escuadras, con una simpleza que requiere huevos literarios, una mirada amarga, amplia, donde figuran todos los blogs y los comentaristas, los periodistas y los feriantes, el kirchnerismo contado desde el corazón. En ese libro se me trata bien. En ese libro se narran los mejores años de mi vida de una manera que me hizo emocionar.
Justo cuando más me hacía falta.
Justo cuando más lo necesitaba.
La llama débil, persistente, del fuego de la vida en los ojos que a veces flaquea y cuando menos lo esperás, enciende una pira emocional para que arda en el infierno de las pasiones. La cosa chica, el balero extraviado, la puerta del placard, las novias que me olvidaron, las computadoras que se rompieron. Los teclados, las borracheras, los amigos, las canciones. La sencillez de contar,  pero de verdad contar, los camalotes que pasan en el agua bajo el puente. Todo decorado y protocolar e importante, el puente. 
Las esquinas que no doblaban en ninguna parte. La escondida que en las calles de mi infancia jugué por última vez y todavía tratan de encontrarme. En una edición de autor. Al borde de la quiebra. Ante la indiferencia de los grandes y pequeños medios. Con la prepotencia de los ideales, la firmeza del alma y la bravura de la necesidad imperiosa de hacer justicia.
Me emocioné. Le dije, a Gerardo y a Aldo:
-Boludo, fuimos FORJA.
Se rieron. Pero no se rieron de mí con esa mueca de perdonavidas que adoptan últimamente los que me creen, nuevamente, derrotado. Se rieron de mi entusiasmo infantil. De esas viejas y locas ganas de pelear por lo que uno cree. De mi incapacidad profunda de madurar. De la llama encendida de mi mirada, optimista, justo cuando no paran de patearme en el piso.
Y yo, como un boludo, no atino jamás a rendirme.
Yo sigo creyendo que la historia recién empieza. Sigo creyendo que hay que dejarle, al piberío, que llega con hambre de historia, con necesidad hermosa de gloria, con pisoteos calculados en la memoria, que hay que dejarles un farol ético sin moralinas de cartulina, sin lavandinas de viejos sueños buenos, de viejos sueños tiernos, que hay que luchar, hay que pelear, hay que aguantar, contra toda policía moral, hay que demostrar que el coraje intelectual es la aspirina ante tanto manso cansancio en el remanso del descanso ganso del ascenso menso del consenso poco tenso contra lo que pienso. Que hay que escribir.
Para todo lo demás, está la vida que otros nos viven"