
Todavía varios incautos, que seguramente no conocen mi prédica anti-facebook de larga data (casi diría que fui un pionero en ello), me siguen enviando correos para ser “mi amigo” en Facebook.
Otros me lo dicen personalmente: ¿cómo puede ser que no estés en Facebook? Me explican que es una “herramienta imprescindible en el mundo de hoy”, o que gracias a Facebook se encontraron con amigos que no veían hace rato, o bien que les sirve para “chusmear” y ver “qué hacen los otros”, para tener “más amigos” o ser “invitados a fiestas o eventos”.
Y aquí es dónde juega un papel central la voluntad de ser igual a los demás, de no desentonar, de no diferenciarse. Y no tiene nada que ver con la clase social sino tal vez con algo más subterráneo, más visceral: un diferente es alguien que también está al margen, que no pertenece a ninguna parte y muchos no quieren exponerse a las consecuencias. Se trata, entonces, de “pertenecer”, de no quedarse sólo.

En una novela de ciencia ficción cuyo título no recuerdo, los marcianos habían conquistado la tierra y quedaba sólo un último reducto de defensores humanos asediado por fuerzas destructoras. En el último ataque el comandante dirigió una mirada de despedida a sus hombres, y se dio cuenta de que también ellos eran marcianos. Cierto. El postpensamiento triunfa y esto quiere decir que nosotros también estamos ya muy marcianizados. Así avanza y avanzará Facebook.
Hace poco, Facebook fue desmenuzado por Rudy en Sátira 12:
“La soledad es un tema del pasado, además de ser un tema de Spinetta. Ahora, para saber cómo es la soledad, tenés que estar sin compu, porque si no ¡el mundo es tuyo! Bueno... ¡No es tuyo, pero te lo prestan! ¿Y sabés por qué te lo prestan? ¡Porque son tus amigos, te quieren, asisten a tus eventos, te confirman, te dan toques, te mandan mensajes; abrazos, besos, y todo lo que se te pueda ocurrir, desde la virtualidad del ciberespacio!
Sí, lector, el mundo no es más La Tierra; el mundo ahora es el Facebook donde todos somos amigos y nos queremos mucho…
Y quizá la Historia deje de ser Historia y se transforme en eventos”
Mientras tanto, a la hora de disfrutar mi tiempo libre o tomarme una tregua de la vida, seguiré prefiriendo sentarme en la terraza de un bar a ver pasar la vida, para decir con Arturo Pérez Reverte: “Las terrazas de los bares son ojeaderos claves, atalayas imprescindibles a la hora de mirar despacio, sin prisa, intentando desentrañar los porqués de las cosas y de las gentes. Así que procuro utilizarlas. Entonces abro un libro, pido un café, y leo un rato levantando la cabeza entre página y página. Alguien que pasa, un modo de andar, una mirada, un gesto, unos zapatos, una sonrisa, pueden cobrar de pronto significados apasionantes y reclamar su propia historia, real o imaginada, estableciéndose misteriosos lazos entre lo que lees y lo que ocurre ante tus ojos”
En el medio, seguramente, me perderé de tener cientos de “amigos” en Facebook. A propósito, ¿Se puede ser “AMIGO” de 100, 200 o 1000 personas? ¿De qué sirve ese criterio absurdamente cuantitativo? La amistad se parece a la vida: lo que realmente sirve es la intensidad con que se vive. Todos sabemos que los auténticos amigos de una vida se cuentan con los dedos de las manos. Facebook, por esencia, propicia la banalización de la amistad.
Además, ¿Cuál es la utilidad de saber qué están haciendo “en este instante” mis 247 o 356 “amigos” o los eventos a los que asistirán? ¿Para qué carajo sirve integrar un “grupo facebook”, generalmente plagados de consignas facistoides y ridículas?

Y es que NO HAY MAGIA EN FACEBOOK, no hay poesía, no hay sensualidad. Y si no hay nada de eso, para mí la vida está en otro lado: también hay que encontrarle la poesía al presente, no solamente al pasado. Hay, sí, mucho puterío, mucho exhibicionista y muchos vouyer, mezclados con gente que tiene la sana y humana intención de sociabilizar.
No cuenten conmigo. Me gusta mirarle la cara a mis amigos, reír con ellos, putear y arreglar el mundo sentados frente a frente. O caminar, simplemente caminar. Me acordé de un cuento de Ray Bradbury que leí en mi adolescencia: El Peatón, del que reproduzco un fragmento:
Entrar en aquel silencio que era la ciudad a las ocho de una brumosa noche de noviembre, pisar la acera de cemento y las grietas alquitranadas, y caminar, con las manos en los bolsillos, a través de los silencios, nada le gustaba más al señor Leonard Mead. Se detenía en una bocacalle, y miraba a lo largo de las avenidas iluminadas por la Luna, en las cuatro direcciones, decidiendo qué camino tomar. Pero realmente no importaba, pues estaba solo en aquel mundo del año 2052, o era como si estuviese solo. Y una vez que se decidía, caminaba otra vez, lanzando ante él formas de aire frío, como humo de cigarro…
Leonard Mead dobló por una calle lateral hacia su casa. Estaba a una manzana de su destino cuando un coche solitario apareció de pronto en una esquina y lanzó sobre él un brillante cono de luz blanca. Leonard Mead se quedó paralizado, casi como una polilla nocturna, atontado por la luz.
Una voz metálica llamó:
_Quieto. ¡Quédese ahí! ¡No se mueva!
Mead se detuvo.
_¡Arriba las manos!
_Pero... dijo Mead.
_¡Arriba las manos, o dispararemos!
_¿Su nombre? dijo el coche de policía con un susurro metálico.
Mead, con la luz del reflector en sus ojos, no podía ver a los hombres.
_ Leonard Mead, dijo.
_ ¡Más alto!
_ ¡Leonard Mead!
_ ¿Ocupación o profesión?
_ Imagino que ustedes me llamarían un escritor.
_ Sin profesión, dijo el coche de policía como si se hablara a sí mismo.
La luz inmovilizaba al señor Mead, como una pieza de museo atravesada por una aguja.
_ Sí, puede ser así, dijo.
No escribía desde hacía años. Ya no vendían libros ni revistas. Todo ocurría ahora en casa como tumbas, pensó, continuando sus fantasías. Las tumbas, mal iluminadas por la luz de la televisión, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara, pero que nunca los tocaba realmente.
_ Sin profesión, dijo la voz de fonógrafo, siseando. ¿Qué estaba haciendo afuera?
_ Caminando, dijo Leonard Mead.
_ ¡Caminando!
_ Sólo caminando, dijo Mead simplemente, pero sintiendo un frío en la cara.
_ ¿Caminando, sólo caminando, caminando?
_ Sí, señor.
_ ¿Caminando hacia dónde? ¿Para qué?
_ Caminando para tomar aire. Caminando para ver.
_ ¡Su dirección!
_ Calle Saint James, once, sur.
_ ¿Hay aire en su casa, tiene usted acondicionador de aire, señor Mead?
_ Sí.
_ ¿Y tiene usted televisor?
_ No.
_ ¿No?
Se oyó un suave crujido que era en sí mismo una acusación.
_ ¿Es usted casado, señor Mead?
_ No.
_ No es casado, dijo la voz de la policía detrás del rayo brillante.
La luna estaba alta y brillaba entre las estrellas, y las casas eran grises y silenciosas.
_ Nadie me quiere ¾dijo Leonard Mead con una sonrisa.
_ ¡No hable si no le preguntan!
Leonard Mead esperó en la noche fría.
_ ¿Sólo caminando, señor Mead?
_ Sí.
_ Pero no ha dicho para qué.
_ Lo he dicho; para tomar aire, y ver, y caminar simplemente.
_ ¿Ha hecho esto a menudo?
_ Todas las noches durante años.
El coche de policía estaba en el centro de la calle, con su garganta de radio que zumbaba débilmente.
_ Bueno, señor Mead, dijo el coche.
_ ¿Eso es todo?, preguntó Mead cortésmente.
_ Sí, dijo la voz. Acérquese. Se oyó un suspiro, un chasquido. La portezuela trasera del coche se abrió de par en par. Entre.
_ Un minuto. ¡No he hecho nada!
_ Entre.
_ ¡Protesto!
_ Señor Mead...
Mead entró como un hombre que de pronto se sintiera borracho. Cuando pasó junto a la ventanilla delantera del coche, miró adentro. Tal como esperaba, no había nadie en el asiento delantero, nadie en el coche.
_ Entre.
Mead se apoyó en la portezuela y miró el asiento trasero, que era un pequeño calabozo, una cárcel en miniatura con barrotes. Olía a antiséptico; olía a demasiado limpio y duro y metálico. No había allí nada blando.
_ Si tuviera una esposa que le sirviera de coartada... ,dijo la voz de hierro. Pero...
_ ¿Hacia dónde me llevan?
El coche titubeó, dejó oir un débil y chirriante zumbido, como si en alguna parte algo estuviese informando, dejando caer tarjetas perforadas bajo ojos eléctricos.
_ Al Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas.