
”Una vez que se ha alcanzado la cima de la gloria, es una argucia muy común darle una patada a la escalera por la que se ha subido, privando así a otros de la posibilidad de subir detrás.” Friedrich List, economista alemán del siglo XIX
A partir de una perspectiva histórica, enfoque poco común en la disciplina para las corrientes económicas dominantes, Ha-Joon Chang se ha encargado de desmitificar los beneficios del libre comercio y la globalización tan difundidos por la Organización Mundial del Comercio, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y los países centrales. “Durante un siglo, hasta la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue el país más proteccionista en el mundo. En doscientos años de historia, Estados Unidos practicó el libre comercio solamente durante 50 años”, explica Chang en esta nota. El joven investigador de la Universidad de Cambridge, nacido en Corea del Sur en 1963, tiene su propia versión de la famosa frase del escritor estadounidense Gore Vidal: “El sistema económico norteamericano es socialismo para los ricos y capitalismo para los pobres”. Para Chang las políticas macroeconómicas internacionales se han comportado de la misma forma: “Monetarismo para los pobres y keynesianismo para los ricos”, las herramientas aplicadas por los países desarrollados (emisión monetaria y expansión del gasto público) no deberían ser utilizadas por los países periféricos.
Realicé un resumen (de varias entrevistas) del pensamiento de este economista coreano e investigador de Cambridge:
La verdadera historia
Para Chang, si observamos la verdadera historia de los países que impulsan el libre mercado, descubrimos que en su mayoría usaron protección del mercado, muchos subsidios estatales, inversiones públicas, etc. El mejor ejemplo es Estados Unidos: hoy pretende ser defensor del libre comercio, pero entre mediados del siglo XIX y la Segunda Guerra Mundial, tuvo la tasa arancelaria más alta en el mundo. Lo que dicen que hicieron es muy distinto de lo que efectivamente hicieron.
En el siglo XIX, Estados Unidos trataba de alcanzar a Gran Bretaña. Pensando en ese objetivo, protegieron la industria manufacturera porque sabían que si tenían un comercio abierto con Gran Bretaña, sería destruida. En 1771, el primer secretario del Tesoro, Alexander Hamilton, presentó al Congreso de su país un informe sobre la situación de las manufacturas, en base al cual recomendó proteger la industria para darle tiempo a crecer. El y los que heredaron su legado intelectual no plantean que al proteger algunas industrias automáticamente éstas se vuelven competitivas, sino que hay que invertir en infraestructura, conocimiento, educación, todas las cosas que las industrias necesitan. Pero, sea como sea, una industria naciente necesita cierto espacio para respirar. Básicamente, es como criar a un chico.
Usted sabe que el chico que está cuidando un día saldrá al mundo y conseguirá un empleo y se ganará la vida, etc. Pero no se le dice a un chico de 6 años que salga ya mismo a ganar dinero. Primero hay que darle una formación, enseñarle a vivir y cuando llega a los 18 le decimos: ahora salí a conseguir un empleo. No sólo Hamilton pensaba así. Abraham Lincoln fue el presidente más proteccionista en la historia. El aumentó las tarifas, en parte para financiar la guerra civil, pero cuando la guerra terminó, no las bajó. Otro caso es el del general Ulysses Grant. Era un general del ejército, o sea que no tenía una visión sofisticada sobre la economía. Pero acuñó un razonamiento muy interesante que es más o menos como sigue: "los ingleses nos dicen que practiquemos el libre comercio. Por supuesto que lo haremos; sólo que doscientos años más adelante, cuando seamos tan ricos como ellos". Grant, pese a ser militar, entendía cuál era el juego. No es extraño porque, en su época, muchos norteamericanos pensaban de esa forma. En ese entonces, la mayoría de los economistas estadounidenses apoyaban el proteccionismo.
Mientras los británicos querían que todo el mundo practicara el libre comercio. Pero List replicaba que ellos se habían industrializado antes de llegar al librecambio utilizando el proteccionismo de la época mercantilista, del siglo XVIII. Cuando los británicos nos dicen que no usemos el proteccionismo, decía List, nos quieren patear la escalera que ellos utilizaron para subir. En ese punto todos siguieron el ejemplo británico. Después de la Segunda Guerra Mundial, cuando se convirtió en el país número uno, Estados Unidos empezó a predicar el librecambio.
Los japoneses y los coreanos del sur, que se estaban desarrollando con proteccionismo, subsidios, empresas públicas y muchas regulaciones, no aceptaron esa receta. En Japón, la industria automotriz necesitó entre 30 y 40 años de proteccionismo y subsidios para volverse competitiva. En estos procesos fue fundamental el rol del Estado y las regulaciones para asegurar el éxito de esos sectores. Pero hoy usted va a la Organización Mundial de Comercio y los japoneses y los coreanos apoyan el libre comercio.
El desarrollo de la periferia
Los países ricos les imponen a los que están en la periferia el deber de desarrollarse a través del libre mercado, siguiendo supuestamente su camino, pero si se mira la historia es totalmente diferente. Hoy los gobiernos de los países ricos están interviniendo a diestra y siniestra en la economía y esto es totalmente opuesto a las políticas que recomendaban a los países en desarrollo. Las economías centrales tienen el hábito de recomendar las políticas de liberalización del mercado y el comercio que fueron inútiles cuando ellos se estaban desarrollando. Las políticas de libre mercado reducen el crecimiento económico y reinstauran la inestabilidad.

Los gobiernos de los países en desarrollo deben proteger y nutrir las industrias jóvenes para que puedan incrementar su productividad y eventualmente competir en el mercado mundial. Sólo es posible mejorar la calidad de vida incrementando la capacidad productiva, hoy los argentinos son demasiados como para sostener una mejora en la calidad de vida a través de las exportaciones de soja, trigo y carne.
La pregunta es, entonces, por qué el mercado no puede conducir hoy a la industrialización de los países más rezagados, por qué las señales del mercado o la conducta de los empresarios en función de su propio interés no conduce a un objetivo virtuoso de crecimiento. Según el economista, esto se debe a que lo que es racional para cada individuo o empresa no lo es necesariamente para el conjunto. Por ejemplo, un espectador de cine puede ver mejor la pantalla parado que sentado. Pero si todos los espectadores se paran, todos ven igual o peor. Esto se denomina falacia de composición, por la cual la suma de los objetivos de maximización individuales no conducen a una maximización del conjunto. La función del Estado es, precisamente, lograr que los objetivos individuales deriven en el crecimiento del conjunto.
El enemigo interno
Se puede vivir en el mismo país pero no compartir los mismos intereses. Si Argentina quiere desarrollar la industria manufacturera tiene que cobrarle impuestos al sector agropecuario, y a los agentes de esa actividad no les gusta. Los terratenientes son como Thomas Jefferson, primer secretario de Estado y tercer presidente de Estados Unidos, que se oponía fervientemente al programa de desarrollo de una joven industria de Hamilton. El razonamiento de Jefferson es simple, para qué necesitas una industria cuando puedes exportar los productos primarios y comprar en Europa el resto de los bienes que son mejores y más baratos, a diferencia de la ineficiente manufactura yanqui. En algunos casos la reacción es ideológica, apenas ven algún tipo de intervención estatal que no les gusta, se ponen histéricos.
La otra razón es que las principales exportaciones de América latina eran productos primarios manejados esencialmente por oligarquías. Esas oligarquías no tenían interés en modificar el patrón de exportación. De hecho, alguien dijo que Sudamérica es "el Estados Unidos donde el Sur ganó la Guerra Civil". En los Estados Unidos, el Norte industrial ganó la guerra al Sur agrícola, latifundista y librecambista. Otro problema es que los países latinoamericanos confiaron mucho en las corporaciones multinacionales y, éstas tienen muy poco interés en desarrollar una capacidad exportadora porque tienen una estrategia mundial y su país puede o no ser una plataforma de exportación.
Por todo ello, resulta muy lógico que el discurso de la Sociedad Rural, con un Biolcati tildando al Estado de un predador insaciable, resulte enteramente coincidente con el de la Asociación Empresaria Argentina (AEA) que congrega a los dueños y titulares de las empresas más grandes y concentradas del país. En un reciente documento, titulado “Movilizar las energías del sector privado, un aporte al diálogo entre todos los argentinos”, abundan ideas libremercadistas. Se trata de un intento de formulación de un proyecto de país enfocado en una corriente noventista y de la teoría del derrame. Reclama la eliminación de todo control e intervención pública en los mercados.
¿Vieron? No necesitamos a nadie de afuera que nos venga a patear la escalera. Nuestras elites ya se encargarán de ello. Son especialistas: con diálogo o sin diálogo.